
Un atardecer de matices rosados engalanaba el cielo con guirnaldas de nubes caprichosas, tan radiantes que acaparaban por completo la atención y dejaban en segundo plano el boscoso paisaje circundante.
Sentado sobre un saliente, divisaba la panorámica desde las alturas, pero no se conmovió como antaño.
Quería despedirse de ella de la manera más hermosa, y que fuese el mismo bosque testigo de ello.
Recorrió una angosta vereda con ella colgada del hombro, apartó las ramas que se enganchaban en sus cintas y cuando por fin encontró el momento y lugar idóneos no se atrevió a tocarla.
Ella, junto a él, silenciosa. Y él, sin tan siquiera mirarla.
Su cabeza estaba demasiado absorta en las responsabilidades, la familia, el trabajo, y ahora encima la adquisición de la vivienda.
- ¡Bah! – se decía a sí mismo para convencerse- si casi ya no tengo ni tiempo. La tenía en casa, olvidada en un rincón. ¿Cuántos meses hacía que no tocaba una canción? ¿o quizá fuesen años? No era capaz de recordarlo.
Se sintió ridículo encaramado en aquel saliente y decidió regresar al coche.
En su cabeza bullían miles de pensamientos de protesta, tales como, ¡no hay derecho que nos esclavicemos el resto de nuestra vida por una hipoteca!. ¡Que tengamos que vender hasta el último objeto de valor para afrontar los gastos! ¡No hay derecho que seamos extorsionados por especuladores del suelo que se hacen en poco tiempo millonarios!
Su expresión facial era la de un niño enfadado y tras algunas imprecaciones su ira la volcó sobre sí mismo:
- ¡Imbécil!, tú también has caído en la trampa del sistema, mañana la vas a vender.
Así que se sentó apoyando la espalda en un árbol, la sacó de su funda y acarició su contorno curvilíneo. Sus ojos se entretuvieron en una minuciosa contemplación.
Dulces recuerdos calmaron el sabor a hiel que se había apoderado de su boca permitiendo que su corazón y la guitarra volvieran a entrar en conexión.
La canción elegida sólo sirvió para los primeros acordes, el resto lo improvisó, inspirándose en los sonidos del lugar. Los pájaros al principio silenciosos se unieron con su especial sinfonía a su melodía hasta el punto que creyó distinguir el sonido de una flauta.
Paró en seco e inspeccionó sus alrededores para asegurarse de que no había nadie, pero sólo se oyó el viento silbando al acariciar las hojas de los árboles.
Continuó tocando, pero muy atento a los sonidos de su alrededor, interpretando mecánicamente aquella canción de los Beatles. Pero como no escuchó alrededor ningún sonido volvió a abandonarse a la experiencia y aquella flauta volvió a unir sus acordes a los suyos.
Perdió la noción del tiempo y se entregó tanto a la música que solo paró cuando estuvo lo suficientemente exhausto. Y allí, a solas, lloró y lloró, de una forma liberadora, como si de algún modo estuviera recuperando todas aquellas veces que se había sentido impotente y no había logrado romper en llantos.
Se quedó dormido abrazado a ella y en sus sueños volaba por el bosque, siguiendo el sonido de la melodía de la flauta como si de un pájaro se tratase. Llegó a un claro, con una pequeña charca, el sol del mediodía incitaba a otros pajarillos a remojarse en el agua y la flauta acompasada con sus cantos se oía cada vez más cerca.
Se dejó contagiar por tal ambiente festivo participando de tan peculiar baño, el sonido de la música se volvió embriagador y movido como por una fuerza invisible voló hasta posarse sobre el hombro de una joven, que sentada sobre un tronco caído contemplaba absorta a los pájaros y que a pesar de no llevar instrumento alguno hacía brotar de su pecho la canción, que por encanto, lo había transportado hasta allí.
El sonido de un trueno resonó en el valle y la música dejó de sonar. Sobresaltado, emprendió el vuelo en busca de refugio. El aire se cargó de humedad y esa sensación de frescor tan agradable que sentía cuando estaba a pleno sol se transformó en un frío insoportable.
Volvió a oírse otro trueno, que lo rescató de su sueño, ya no era un pájaro y tampoco se encontraba en el claro soleado. La noche había cubierto el bosque de oscuridad y la lluvia dificultaba aún más la visibilidad transformando el entorno en un lugar totalmente irreconocible.
- Espero no estar muy lejos del coche – se dijo a sí mismo no muy convencido.
Buscó en su mochila a tientas hasta encontrar la linterna. La encendió y el haz de luz cortó la oscuridad con su hoja iridiscente. Guardó la guitarra en su funda y emprendió el camino de regreso...
Amigo, esto va por tí, ánimo, volverán los tiempos en que te podrás entregar a tu arte. Como bien sabes la historia aún no se ha terminado
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